Desde el principio de su historia, la humanidad evoluciona trabajando para lograr un futuro mejor.
Sin embargo hoy, a pesar de los avances, los poderosos en su afán de conservar y acrecentar su poder, utilizan la fuerza económica y tecnológica para empobrecer, oprimir y matar en muchas regiones del mundo.
Con este proceder, se está poniendo en riesgo el futuro de las nuevas generaciones y el equilibrio general de la vida en el planeta.
Así, se hace evidente que vivimos en una época de crisis y ni las sociedades, ni los grupos humanos ni las personas escapan a la desorientación general.
Sea cual sea nuestra situación particular, sea cual sea el lugar donde hayamos nacido y el entorno que nos haya tocado, todas las personas sin excepción padecemos el embate de esta crisis en nuestra vida diaria.
A menudo vislumbramos el futuro general como una extensión de nuestro futuro particular, siendo que bien al contrario, el futuro de un individuo en particular (mas allá de sus pequeños “éxitos” y “fracasos”) está fuertemente determinado por la dirección de la sociedad en la que está incluido.
Entonces, si nosotros no influimos decididamente en nuestro entorno para producir cambios que nos acerquen a los mejores valores humanos, el entorno va a influenciarnos con sus antivalores.
Sin embargo, a veces, nos resulta difícil ver cómo el sistema en el que vivimos inmersos afecta nuestras vidas y nos empequeñece y debilita día a día.
En esta época crítica, el atropello a la dignidad humana muchas veces se nos presenta disfrazado con slogans publicitarios de moda, aparentemente beneficiosos.
Así por ejemplo:
A la violencia se la disfraza a veces de “seguridad policial” o de “efectos colaterales”.
A la injusticia se la justifica en ocasiones con expresiones como “...siempre hubo ricos y pobres”.
Al atropello en algunos casos, se lo publicita como “flexibilidad laboral” o “competencia”.
Y la discriminación se manifiesta cuando nos explican que un lugar o un país “se reserva el derecho de admisión” o que “no cumplimos con el perfil requerido para un determinado puesto laboral”.
En esta sociedad todavía prehistórica somos premiados o castigados, se nos aplaude o se nos degrada según nos acerquemos o no al “éxito económico”. Este “éxito económico” nos proporcionará, algún día, a nosotros o a nuestros hijos “la calidad de vida” que nos merecemos como obedientes y sufridos ciudadanos (¿?).
Por otro lado, en el campo de la conducta personal existen numerosas argumentaciones que justifican la inacción. Y nosotros, gente común, podemos encontrarnos en ocasiones, sin darnos cuenta, haciéndoles el juego a esas argumentaciones.
Por ejemplo:
Al individualismo se lo justifica con expresiones del tipo “no tengo tiempo...tengo muchas cosas que hacer y muchos problemas que resolver. Además, ¿a mi quién me ayuda?”.
La desconfianza hacia todos y hacia todo, se escuda en la “necesidad de protegerse ante las agresiones de los demás”.
El encierro y la incomunicación explicando que “soy un incomprendido”, o bien que “con la gente no se puede hablar” o sencillamente “estoy cómodo en mi casa, llamo por teléfono y me traen de comer, aprieto un botón y me conecto con el mundo a través de la televisión o la computadora”.
La indiferencia se argumenta expresando que “lo que les sucede a los demás no tiene nada que ver conmigo”.
Y la resignación aparece cuando alguien dice “no vale la pena intentar nada porque todo va a seguir igual”.
Tengamos en cuenta que el individualismo, la desconfianza, el encierro, la incomunicación, la indiferencia y la resignación facilitan el sometimiento por parte de la minoría opresora.
Es por esto que los poderosos, con su mala fe, promueven estas actitudes y conductas, y alientan la fuga (droga, alcohol, propaganda decadente), a fin de manipular o eliminar todo intento de rebelión.
Y con los medios de comunicación a su disposición, degradan y cubren de sospecha toda acción que vaya en contra de sus intereses o que cuestione el “orden o el desorden (¿?)” establecido.
Además, desde el punto de vista de nuestra propia vida, la rebelión es también una necesidad de supervivencia en esta sociedad deshumanizante.
Por esto, consideramos a la rebelión como un “antídoto” o una “vacuna” que impide a los antivalores ingresar o fortalecerse dentro nuestro.
Porque es claro, que si no hacemos nada coherente en otra dirección, la inacción nos puede llevar en 5 o 10 años a convertirnos en el mismo tipo de persona que hoy criticamos
Así, nunca antes el mundo estuvo tan comunicado y sin embargo las personas padecen cada día más una angustiosa incomunicación. Nunca los centros urbanos estuvieron tan poblados, y sin embargo la gente habla de “soledad”. Y nunca antes hubo tanto acceso a la información y a la vez tanta indiferencia, impotencia y resignación.
Sin embargo hoy, a pesar de los avances, los poderosos en su afán de conservar y acrecentar su poder, utilizan la fuerza económica y tecnológica para empobrecer, oprimir y matar en muchas regiones del mundo.
Con este proceder, se está poniendo en riesgo el futuro de las nuevas generaciones y el equilibrio general de la vida en el planeta.
Así, se hace evidente que vivimos en una época de crisis y ni las sociedades, ni los grupos humanos ni las personas escapan a la desorientación general.
Sea cual sea nuestra situación particular, sea cual sea el lugar donde hayamos nacido y el entorno que nos haya tocado, todas las personas sin excepción padecemos el embate de esta crisis en nuestra vida diaria.
A menudo vislumbramos el futuro general como una extensión de nuestro futuro particular, siendo que bien al contrario, el futuro de un individuo en particular (mas allá de sus pequeños “éxitos” y “fracasos”) está fuertemente determinado por la dirección de la sociedad en la que está incluido.
Entonces, si nosotros no influimos decididamente en nuestro entorno para producir cambios que nos acerquen a los mejores valores humanos, el entorno va a influenciarnos con sus antivalores.
Sin embargo, a veces, nos resulta difícil ver cómo el sistema en el que vivimos inmersos afecta nuestras vidas y nos empequeñece y debilita día a día.
En esta época crítica, el atropello a la dignidad humana muchas veces se nos presenta disfrazado con slogans publicitarios de moda, aparentemente beneficiosos.
Así por ejemplo:
A la violencia se la disfraza a veces de “seguridad policial” o de “efectos colaterales”.
A la injusticia se la justifica en ocasiones con expresiones como “...siempre hubo ricos y pobres”.
Al atropello en algunos casos, se lo publicita como “flexibilidad laboral” o “competencia”.
Y la discriminación se manifiesta cuando nos explican que un lugar o un país “se reserva el derecho de admisión” o que “no cumplimos con el perfil requerido para un determinado puesto laboral”.
En esta sociedad todavía prehistórica somos premiados o castigados, se nos aplaude o se nos degrada según nos acerquemos o no al “éxito económico”. Este “éxito económico” nos proporcionará, algún día, a nosotros o a nuestros hijos “la calidad de vida” que nos merecemos como obedientes y sufridos ciudadanos (¿?).
Por otro lado, en el campo de la conducta personal existen numerosas argumentaciones que justifican la inacción. Y nosotros, gente común, podemos encontrarnos en ocasiones, sin darnos cuenta, haciéndoles el juego a esas argumentaciones.
Por ejemplo:
Al individualismo se lo justifica con expresiones del tipo “no tengo tiempo...tengo muchas cosas que hacer y muchos problemas que resolver. Además, ¿a mi quién me ayuda?”.
La desconfianza hacia todos y hacia todo, se escuda en la “necesidad de protegerse ante las agresiones de los demás”.
El encierro y la incomunicación explicando que “soy un incomprendido”, o bien que “con la gente no se puede hablar” o sencillamente “estoy cómodo en mi casa, llamo por teléfono y me traen de comer, aprieto un botón y me conecto con el mundo a través de la televisión o la computadora”.
La indiferencia se argumenta expresando que “lo que les sucede a los demás no tiene nada que ver conmigo”.
Y la resignación aparece cuando alguien dice “no vale la pena intentar nada porque todo va a seguir igual”.
Tengamos en cuenta que el individualismo, la desconfianza, el encierro, la incomunicación, la indiferencia y la resignación facilitan el sometimiento por parte de la minoría opresora.
Es por esto que los poderosos, con su mala fe, promueven estas actitudes y conductas, y alientan la fuga (droga, alcohol, propaganda decadente), a fin de manipular o eliminar todo intento de rebelión.
Y con los medios de comunicación a su disposición, degradan y cubren de sospecha toda acción que vaya en contra de sus intereses o que cuestione el “orden o el desorden (¿?)” establecido.
Además, desde el punto de vista de nuestra propia vida, la rebelión es también una necesidad de supervivencia en esta sociedad deshumanizante.
Por esto, consideramos a la rebelión como un “antídoto” o una “vacuna” que impide a los antivalores ingresar o fortalecerse dentro nuestro.
Porque es claro, que si no hacemos nada coherente en otra dirección, la inacción nos puede llevar en 5 o 10 años a convertirnos en el mismo tipo de persona que hoy criticamos
Así, nunca antes el mundo estuvo tan comunicado y sin embargo las personas padecen cada día más una angustiosa incomunicación. Nunca los centros urbanos estuvieron tan poblados, y sin embargo la gente habla de “soledad”. Y nunca antes hubo tanto acceso a la información y a la vez tanta indiferencia, impotencia y resignación.
Extraido de CuervosChile


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